Desde la parte trasera del cuarto piso del apartamento en el que vivo, puedo observar un panorama diverso.
Hacia el frente, un abismo lleno de árboles, de naturaleza y unas casas dispersas e improvisadas que aparentan ser manchas blancas. A la derecha, más casas y la carretera principal del barrio más o menos a unos 300 metros. Y a la izquierda, la zona deportiva del conjunto de apartamentos construidos hace dos años en el barrio. El espacio de ese conjunto más cercano a mi vista es la cancha múltiple.

Cierto día estaba en un momento de reflexión asomada en ese balcón trasero, cuando de pronto, mi atención se desvió hacia aquella cancha. Tres niños se encontraban jugando con un balón de fútbol, algo muy común en ese espacio, y no hablo del juego de fútbol, sino de que siempre sean niños los que lo están haciendo. Los niños, ubicados en los extremos de la cancha, mandaban el balón de un lado para otro, obviamente con los pies. En ese momento, venían entrando a la cancha tres niñas. Una de ellas traía un balón que parecía de fútbol, pero era un poco liviano; se notaba por el rebote.
Ellas ingresaron a la cancha para jugar con aquella pelota. Lo que iban a jugar, lo desconozco: si fútbol, ponchado, tal vez voleibol o baloncesto. No pude saberlo porque no observé por mucho tiempo. Cuando iban aproximadamente por la mitad de la cancha, uno de los niños ubicados en el extremo contrario mandó el balón hacia su compañero de juego, justo por el lugar por el que estaban pasando las niñas. La bola levantada se dirigió precisamente hacia una de las tres niñas. Cuando ella la vio, colocó sus manos en la cabeza, inclinó su cuerpo hacia adelante y pegó un grito, como si hubiera visto un espanto. Yo me reí y dije en voz alta: “¡Allí tenías que cabecearla, ome!”.

Posteriormente, pensé que un acontecimiento tan simple como ese permite reflexionar sobre la forma en que somos educados y educadas, a tal punto que un mismo evento pueda tener una reacción diferente dependiendo del sexo de la persona. Si hubiera sido un niño el que entraba en ese momento, creo que al ver el balón aproximándose hacia él, lo último que haría sería gritar. Lo bajaría con los pies y lo devolvería, lo cabecearía o simplemente lo esquivaría, pero nunca gritaría; estoy segura de que no gritaría.
El fútbol se considera en nuestra sociedad un deporte para hombres o para niños, no porque las mujeres hayamos nacido con unos genes que nos hacen tenerle miedo a un balón de fútbol, sino por la forma en que la sociedad ha estipulado cómo debemos ser las mujeres y los hombres. Es decir, existen unas normas de género para hombres y para mujeres, y desde que nacemos nos educan para cumplir con esas normas y con las expectativas que se esperan de nosotr@s.
A las mujeres nos pintan como débiles, que debemos ser “femeninas”, pero esa feminidad la sociedad la estipula como una sola, o sea, como si existiera un molde y todas las mujeres debiéramos caminar igual, vestir parecido, practicar los mismos deportes, ser vanidosas de la misma manera, etc. Prácticamente todas esas normas son algo así como una forma de agradarle al sexo opuesto. A los hombres les enseñan que deben ser fuertes, que no deben llorar, que deben practicar ciertos deportes de contacto, se les aprueba más el uso de la violencia, entre muchas otras cosas.
Ahora, algunos estudios de las Ciencias Sociales concluyen que no existe una feminidad, sino que existen feminidades en plural (y masculinidades), porque cada persona construye su género de acuerdo con las experiencias de su vida. No se puede esperar que todas las mujeres seamos uniformes, casi idénticas. Admitámoslo: somos únicas.
Cada mujer sobre este planeta es única y decide el rumbo que le va a dar a su vida, así como cuál profesión estudiar, cuál deporte practicar, cuál ropa vestir, etc.
Lo mismo pasa con los hombres: no todos los hombres deben ser o aparentar ser fuertes, ni deben gustarles el fútbol o los deportes, ni deben demostrar que son hombres comportándose de cierta manera con las mujeres. Nadie nace gustándole jugar fútbol, nadie nace teniéndole miedo a un balón. La sociedad nos construye. Tenemos derecho al libre desarrollo de la personalidad, pero nos dan una guía que debemos cumplir. ¿Qué sucede si nos revelamos contra esas normas sociales?

Si nos apartamos de esas normas, por ejemplo, una mujer que juegue fútbol, que no vista de flores, de encajes ni de tacones, etc., es juzgada o acusada de ser “menos mujer” o de “machona”.
Hay mucho para pensar sobre el género, sobre la sexualidad y sobre el sexo (o sea, sobre ser hombre y mujer), porque aunque parezca normal, aunque parezca como lo manifestó Bourdieu, “el orden natural de las cosas”, esta es una manifestación cultural, una construcción social, la cual no cuestionaría si no atentara contra nuestra libertad humana de ser lo que queramos ser.